¡Compartir es vivir!

Llevo varios años (cuatro o cinco, creo) con una idea para una peli de amor rondándome la cabeza. No una comedia romántica, sino una peli de amor con mayúsculas. De AMOR. De elegir la felicidad propia o la ajena, del amor que aguanta (o no) el paso del tiempo y la idealización del ser amado, de ese amor que te paraliza y te deja sin respiración. No sé si lo has sentido alguna vez, aunque sea unos segundos, pero es acojonante. Generalmente es un tipo de amor que no dura y lo que es peor, no suele hacer feliz. Pero es amor al fin y al cabo, dure lo que dure.

Decía que tengo esa historia en la cabeza desde hace tiempo, y varias veces me he sentado a desarrollarla, y aunque he avanzado algo estos años (ya sé que se desarrolla en una sola noche, en un apartamento, y conozco bien a los personajes y el conflicto principal) no acabo de conseguirlo. Inevitablemente acabo poniéndome listas de canciones moñas en Spotify, y cayendo justo en lo que no quiero, así que abandono a los pocos días, hasta que me da la fiebre unos meses después y recupero la historia.

Tampoco ayuda el hecho de que sea un proyecto absolutamente personal y que nadie ha pedido. ¿Quién quiere otra peli de amor? Y es entonces cuando me replanteo el para qué. 

El para qué es importante. Al menos para mi. Me explico.

Tengo suerte. Soy una de esas personas afortunadas que puede ganarse la vida escribiendo. Escribo para televisión, en blogs ajenos y para marcas (por supuesto sin firmar, siempre es “la marca” quien escribe), entre otras cosas. Escribo mucho cada día, y me pagan por ello, y cuando lo recuerdo me da subidón.

Pero (siempre hay un pero para los insatisfechos crónicos como yo) escribir tantas horas semanales según objetivos concretos marcados de forma externa te acostumbra a escribir siempre con una intención. Me refiero a escribir para llegar a un tipo de público que interesa, para posicionar la marca en un segmento, para llevar un programa (sea un reality o un concurso) en determinada dirección. “¿Para qué escribo esto?” es la pregunta que, de forma más o menos consciente, depende del caso, me hago antes de sentarme a escribir cada día.

Y de pronto, me he dado cuenta de que hacía siglos que no escribía por placer.

Siempre he sido una mujer muy práctica (qué remedio). A veces me siento como los chinos que hacen bailar mil platos a la vez en el escenario (como el famoso Disco Chino de Enrique y Ana). Suelo hacer tantas cosas a lo largo del día que las que no son útiles las dejo de lado, especialmente si se necesita cierto esfuerzo para hacerlas. Y sí, escribir cuesta esfuerzo. Por eso a veces hay que buscar una razón, una excusa, un “para que”.

Y ahí es donde está el quiz de la cuestión. Quizá el truco sea escribir por placer. Por el placer de escribir y por el placer de aprender mientras escribes.

Seamos francos, el amor no es práctico. Es más, a veces es una auténtica mierda que te pone todo del revés. De hecho, es lo menos práctico de conozco. Y quizá por eso la forma de abordar una historia de amor sea justamente ese, una que lo haga por placer, sin dead lines, sin objetivos. Solo por placer.

¿Hace cuánto que no escribes solo por el placer de hacerlo? ¿Y hace cuánto que no escribes por amor?

¡Compartir es vivir!