¡Compartir es vivir!

Hace ya un par de días que volví a casa del Encuentro de Guionistas de Santiago de Compostela, y todavía sigo con cierta resaca. No es que bebiera tanto en realidad, no me refiero al mal cuerpo, dolor de cabeza y voz de Manolo que sigue a una noche de juerga. Esa pasó bastante rápido. Bueno, la voz de Manolo duró algo más.

La resaca de la que hablo tiene más que ver con una breve sensación de pérdida y de vacío.

O eso creo.

Digo “eso creo” porque los guionistas, o contadores de historias de todo tipo, tendemos a simplificar las emociones de nuestros personajes. Fulanito está triste por esta razón, o por esta otra. O tiene un trauma infantil, el famoso pony o un oscuro secreto que justifica su comportamiento, sus anhelos y sus dudas. Afortunadamente, las personas reales somos bastantes más complejas, y a veces es difícil saber cuál es la razón de una sensación. Para eso están los psicoanalistas, ¿no?

Así que no voy a las causas (si eso con un café ya lo hablamos otro día) sino a la sensación en si. Cada vez que voy a un evento de este tipo con cierta longitud (estuve de miércoles a domingo, toda una vida) vengo con síndrome de Estocolmo.

Porque lo mejor del Encuentro no son las ponencias, ni conocer a gente muy guay, ni reencontrarse con los amigos, ni esas conversaciones que se convierten en confesiones a altas horas de la madrugada (¡ups!).

Es todo eso y mucho más.

Es también admiración por los colegas más brillantes, cierta frustración cuando te das cuenta de que tú no estás a la altura, y también la ilusión de seguir en este sector. Son las palpitaciones de cuando algo te emociona a lo bestia. Y sobre todo, es estar rodeado de tanto talento, sentido del humor y buen rollo, en una especie de isla en la que tus pequeñas mierdas del día a día se quedan fuera.

Quiero decir que la vuelta a la realidad no solo es dura por sí misma, sino por lo que has dejado atrás.

No sé, quizá sí que bebí más de la cuenta y solo necesito un par de días para que se me pase la resaca y ponerme a escribir. Al fin y al cabo, siempre quedan historias que contar.

¡Compartir es vivir!