¡Compartir es vivir!

Este domingo 1 de Mayo coinciden el Día de la Madre y el Día del Trabajo, y me vais a permitir que hable del tema en este blog, aunque no coincida con la temática habitual.

Seguramente mucho se hablará estos días sobre el espíritu luchador de las madres trabajadoras, (nadie mejor que P&G y su campaña “Gracias mamá”) y sobre la importancia de no penalizar la maternidad en el trabajo. Yo también tendría mucho que hablar en ese sentido, cosas como la cantidad de veces que en entrevistas de trabajo o de proyectos me han preguntado algo parecido a: “¡Tres hijos! ¡qué valiente! ¿Y cómo te arreglas? (a lo que siempre respondo “igual de bien que su padre“, al que por cierto, no se lo han preguntado jamás), o cómo mis embarazos y bajas por maternidad me han hecho andar a trompicones en una carrera ya de por sí llena de obstáculos.

Pero este post no va de eso. Va sobre la dificultad que tenemos las madres (y los padres) de educar a nuestros hijos en una cultura del esfuerzo y del trabajo bien hecho. Es nadar contra corriente. La famosa picaresca de Lazarillo en la que nos hemos criado me ha tocado la moral toda la vida, pero desde que intento educar a otras personas, es algo que me mata. Convertir la injusticia en sinónimo de inteligencia me revienta.  

Y no es solo la picaresca (“tonto el que no copie”, “tonto el que espere su turno”, “tonto el que se esfuerce“), es que la sociedad, la política y hasta el sistema educativo nos boicotea a diario. El medir a todos los niños por el mismo rasero hace que a los que tienen dificultades de aprendizaje les cueste un mundo, pero que los niños más rápidos no se tengan que esforzar apenas en toda la primaria, y hasta bien entrada la secundaria. Un niño con altas capacidades sin problemas de sociabilidad ni de conducta no recibe atención especial, porque saca buenas notas y no da problemas. Y si es una niña, ni te cuento.

¡Ojo! Yo creo en la optimización del trabajo, no en pasar horas y horas en actividades o haciendo deberes, no estoy hablando de eso. Hablo de valorar el esfuerzo, no solo los resultados. De enseñarles a hacer un trabajo bien hecho, a la medida de cada uno, que no es para todos la misma.

Pero esta falta de la cultura del trabajo y del esfuerzo está en todos los sectores, y es francamente complicado tratar de amortiguarlo. En muchos equipos deportivos infantiles (no en todos, lo sé) se prima al “bueno”, al habilidoso, no al que más entrena, sino al que mete más goles. En política ni hablemos, mi hija de 10 años no da crédito a que “después de tantos meses, todavía no se sepa quien va a ser presidente“. Y aquí no pasa nada.

¿Qué padre o madre no se ha encontrado con su hijo de la mano, esperando a que se ponga verde el semáforo, enseñándole a esperar su turno (y a que no le pillen los coches), mientras otras personas aprovechan para cruzar entre coches? Es absolutamente ridículo. El semáforo rojo para peatones, todo el mundo pasando, tu hijo te mira, y tú no sabes qué cara poner.

Cuando eran pequeños, les decía que esas personas que cruzaban mal el semáforo no se sabían los colores, que ese día no habían ido a clase. Obviamente, ya no cuela. Con 6, 10 y 12 años ya saben que cobra más un Gran Hermano que un biólogo, que vende más libros la Esteban que su escritor favorito, que llena más minutos de pantalla el peinado de Alves que el mundial de Javier Fernández. 

Por otro lado, tengo que reconocer que hay otro aspecto en el que creo que la crisis ha jugado en nuestro favor en cuanto a la educación en el trabajo, y es la valoración que reciben los distintos oficios. Está claro que ningún oficio o trabajo es mejor que otro de per se, pero me da la sensación de que hace apenas diez años, la valoración de los trabajos que no se realizan en oficina era mas negativa que la que se tiene actualmente. Las salidas laborales han menguado tanto en casi todas las carreras, que me parece percibir un cambio de actitud respecto a otras que eran peor consideradas a nivel social. Afortunadamente, dos casos en mi entorno cercano (los dos mayores de 50)  me dicen lo contrario: uno ha dejado su carrera como programador para dedicarse por fin a la música, y otro ha reconducido su vida laboral y ahora es un feliz monitor de pádel. Y estos cambios han sido celebrados como un éxito en el entorno social y familiar. El comentario más habitual ha sido”qué bien que por fin hace lo que le gusta“, y no “fíjate, con la carrera que tenía este chico, para acabar de monitor de pádel”.

Creo que esto era impensable hace unos años, y estoy contenta de que mis hijos hayan sido testigos de ello.

Mi hijo el mayor duda si ser arquitecto o dependiente de tienda de deportes. Todavía es pronto, puede cambiar de opinión mil veces si quiere, o elegir cualquier otra cosa. Y será lo que quiera ser, porque nadie le torcerá el morro por elegir la profesión que le de la gana.  Eso sí, elija lo que elija, se lo tendrá que currar. Y espero que esté preparado para ello.

Lo sé. Nadie dijo que educar fuera fácil. Pero de vez en cuando, conviene recordar que las madres y los padres no podemos educar si no es con ayuda del resto de la tribu.

 

¡Compartir es vivir!